CARRASCAL, CASCARRASCAL

Me acabo de enterar de que José María Carrascal sigue vivo. A veces la noticia está en eso, en que alguien que hacías desaparecido siga a lo suyo, un suyo que ya no es nuestro. Alivia confirmar que quien no sale en televisión también existe.
Carrascal vivía antes de sus telediarios y vive después, con sus trescientas corbatas y sus opiniones de facha culto.
El facha culto –que no oculto- es un tipo de español poco abundante, pero que queda fácilmente fijado en la memoria colectiva.
En este país, donde Franco nos arrancó la piel de toro a tiras, no es normal que un facha te haga reír. En el caso de Carrascal, su gracia derivaba de la heterodoxia descontextualizada de sus corbatas y de la descontextualización heteróclita de sus opiniones, además de aquel su rictus de grima ante la realidad. Y es que daba la noticia con asquito. Era antipático e inteligente, o sea, simpático.
Nos ponía en pantalla, cada noche, religiosamente, las estampitas de los terroristas más buscados. Pero aquellos santones de comisaría estaban todos en Francia, rezando para que no les abriesen una capilla en Alcalá-Meco.
Carrascal daba cada noticia como una calamidad inútil, con distanciamiento de tradicionalista que hubiera vuelto de Norteamérica para desasnarnos y sin ánimo de meternos miedo, que es lo que tradicionalmente nos han metido los tradicionalistas.
Sus hijos putativos, los tecnócratas del Partido Popular, cuando llegaron al gobierno, le resultaron un club de niños bien sin valor y sin valores, y empezó a frallarlos en su telediario, o sea, que le dieron pasaporte rumbo a los Estados Desunidos de la Prensa, que era su país natural.
Ahora, retirado del mundanal ruido, espera la muerte disfrutando la vida, convencido de que ser de derechas vale la pena porque él lo lleva con alegría.
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